¿Qué pasa en la Cárcel Las Rosas?

Las rutinas de casi todas las personas han cambiado el último año, la declaración de alerta sanitaria modificó los modos de relacionarnos con el afuera ¿Pero qué sucede en los contextos de encierro? 

La Unidad de Rehabilitación N°13 conocida como cárcel Las Rosas, está ubicada en el departamento de Maldonado, escondida a poco más de dos kilómetros de la ruta 39 que conecta las ciudades de Maldonado y San Carlos.  

Es sabido que lejos de rehabilitar, las cárceles son instituciones propulsoras de peores condiciones para las personas que las habitan, transitar el encierro carcelario supone para la persona privada de libertad cambios bruscos en todas las dimensiones del ser, que irán repercutiendo de forma paulatina, y dependerá del tiempo en que se permanezca bajo esas condiciones. Las consecuencias se dan tanto a nivel físico como cognitivo, emocional y perceptivo. La prisionalización implica que la persona, poco a poco asuma roles, conductas, actitudes y valores propios de la cultura carcelaria, teniendo como resultado la pérdida de su subjetividad e individualidad.

La prisión no sólo pone límites edilicios, subordina tanto a las personas presas como a funcionarios y funcionarias, donde el trato se limita a la obediencia de órdenes, marca pautas homogéneas comunes y no contempla la diversidad de personas que allí residen, individualiza y separa impidiendo las vinculaciones con otres.

En una prisión diseñada en cuanto a infraestructura y presupuesto para albergar a quinientas personas, actualmente conviven en ella el doble de su capacidad, esta situación se agrava aún más, debido al contexto de emergencia sanitaria, a las personas privadas de libertad se les restringen las visitas, se limita la salida al patio, están encerradas durante todo el día en celdas saturadas, con problemas edilicios estructurales, -en espacios que son para tres personas, habitan seis o siete-. En momentos en que los vínculos afectivos y extramuros son fundamentales, se limitan y prohíben, agudizando aún más el aislamiento. 

El hacinamiento aumenta los riesgos de contagio, el miedo, la violencia entre las personas privadas de libertad y para con los funcionarios y funcionarias. A la violencia institucional sistemática legitimada por el Estado que se sufre durante la privación de libertad, se le suma el aumento del abuso policial en múltiples formas: golpes, amenazas, humillaciones, destratos “lo que sí logran con el tema de la tranca, es que se empiecen a pelar, porque ahora es mucha celda, y cuando haya patio de vuelta va haber muchos cruces y va haber perorata (…) pero que voy hacer yo, no voy a salir al patio, me mantendré re piolita, trancadito, que se maten entre ellos, que voy hacer…” (persona privada de libertad en Unidad N°13 Las Rosas, Abril 2021).

El domingo 18 de Abril las personas privadas de libertad se movilizaron dentro de la cárcel, organizándose a modo de protesta por las condiciones sanitarias en las que se encuentran. Esa misma semana se confirmaron más de treinta casos positivos de COVID dentro de la unidad y el fallecimiento de una persona que sufrió una afección cardíaca. 

La agudización de la situación sanitaria tuvo como consecuencia la suspensión de las visitas, de las actividades educativas – las pocas que hay-  así como también de la movilidad de funcionaries , la entrega de encomiendas y la suspensión de la asistencia médica.La noticia sobre el brote de COVID en la cárcel y las pésimas condiciones sanitarias, generó preocupaciones entre familiares, vecinas, amigos de las personas privadas de libertad, quienes decidieron concentrar y movilizarse frente a la Unidad, generando denuncias en redes sociales, y difusión de imágenes y videos.

Las autoridades desestimaron el reclamo y la movilización, alegando que no se trató de un motín y que la situación fue controlada rápidamente, ¿qué situación no se controla cuando las personas a las que se reprime no pueden escapar a ninguna parte, no cuentan con ninguna herramienta de defensa y tienen hambre y sed? “Están viniendo a las doce de la noche los cascudos, con el zapateo, golpeando escudos. Nos hacen pararnos a todos en el fondo, en el baño y habla el jefe de la Republicana y dice: la cárcel es de nosotros, estamos bien aburridos, no tenemos códigos ninguno, los que tienen que dormir son ustedes. Por cada rendija de la celda nos tiran gas lacrimógeno, y nosotros todos parados en el baño de espalda, sin decirles nada a ninguno de ellos. Y estuvieron viniendo varias noches después de las doce de la noche y siempre repitiendo lo mismo” (persona privada de libertad, Unidad N° 13 Las Rosas, Abril 2021).

El “rancho” le llaman a la comida que se sirve en la Unidad como almuerzo y como cena todos los días del año, un informe de 2019 del INDDHH la describe como “es  semilíquido  y  los vegetales  no  se  distinguen  porque  pierden  su  estructura  en  la  cocción,  salvo  los trozos  de zanahoria;  aunque  también  se  pueden  detectar  algunos  trozos  de  carne  en  las  porciones servida”.  Esta comida se distribuye en una olla sobre un carro, sin control de temperatura, en el caso de las mujeres privadas de libertad, esta olla recorre un poco más de una cuadra de distancia a la intemperie, desde la zona de elaboración hasta las celdas, se sirve en el recipiente de cada persona, dos cucharones. 

El agua llega a las celdas en turnos, se habilita para el lavatorio y el inodoro de cada una, en tres turnos al día, durante diez a quince minutos. El informe del INDDHH señala “La  disponibilidad  de  agua  corriente es  inadecuada  para  el  consumo  de  los  internos,  la  cual debería  estar  disponible  en  las  celdas  durante  todo  el día,  tal  como  se  encuentra mencionado en  la Regla  22  de  las Naciones  Unidas.” Este mismo documento concluye y observa que la cantidad y el valor nutricional de la ingesta que reciben las personas privadas libertad es inadecuada e insuficiente, y que “Las  características generales de  la  planta  física como  del  servicio de  alimentación  son inadecuadas  tanto en  el  estado de  conservación  como  de  mantenimiento  y  de  higiene” (Informe INDDHH, 2019). 

“Estoy pasando hambre, nos bajan el agua diez minutos a las tres de la tarde. Hace más de un mes y medio que no dan asistencia médica todos los martes” (persona privada de libertad, Unidad N°13 Las Rosas, Abril  2021).

Nos cuidamos… ¿entre todxs?

Los slogans creados para la gestión de la pandemia no cruzan los muros de la cárcel “Acá adentro nunca se dice nada por miedo a represalia pero necesitamos que se enteren lo que estamos viviendo,ahora la gente se cansó y quisieron hacer un motín y ta´ quedó por esa, gracias a dios no pasó nada” (persona privada de libertad, Unidad N°13 Las Rosas, Abril  2021).

Al terminar la pena y egresar de los centros que se dicen de “reinserción”, además de cargar con la estigmatización por haber estado en privación de libertad, las personas no logran salir del circuito de violencia institucional, debido a la falta de herramientas y al cierre de oportunidades reales en cuanto a lo laboral, lo educativo ,la vivienda,etc. 

¿Quiénes están en las cárceles? La criminalización de la pobreza genera que no todas las personas que cometieron delitos sean privados de su libertad. Lejos de eso, muchos continúan gozando de sus privilegios, desarrollando sus profesiones, dando clases en centros educativos, habitando espacios de poder y toma de decisiones. Para delitos tipificados de la misma forma, el castigo penal y social se mide dependiendo de quién lo cometa o a quienes afecta. 

Las cárceles siguen colmadas de personas atravesadas por la injusticia social, una injusticia que les coloca al margen de un presente que no está dispuesto a reparar en ellas. Mientras que allí dentro  las prioridades pasan por la supervivencia en lo material y simbólico, el relato de estas personas se nos hace propio, nos interpela, y nos convoca a traspasar la indiferencia, visibilizar una mínima parte de la realidad que quienes detentan el poder del relato pretenden amurallar.

Esas historias que merecen ser contadas